II Concurso de relatos cortos. «Doble Cuarentena»

Una vez finalizado el plazo de presentación de los relatos,  agradecer a todos los participantes (211) su esfuerzo y dedicación por dar visibilidad a la SQM (cada escritor a su manera y estilo) contado lo difícil con palabras sencillas y/o intentando seducir, enriquecer y emocionar al lector con originalidad y calidad literaria.

Sin duda los miles de afectados de SQM de todas profesiones (médicos, carpinteros, enfermeras, administrativos, ingenieros, albañiles, profesores, agricultores, operarios de la limpieza, etc) agradecerán vuestro interés por visibilizar esta enfermedad .

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FALLO DEL JURADO

Primer premio:

                           Un temprano batir de alas

Reseña del Jurado:

La protagonista, enferma de SQM,  encuentra en el retorno al pueblo deshabitado de sus padres el ambiente necesario para desarrollar una vida más saludable. Ahí le sorprende el  estado de alarma del Covid-19 y en este nuevo confinamiento su esperanza es la llegada del verano y el fin de la epidemia que permita retornar a algunas personas a su entorno de soledad.

Con una prosa poética impecable, también se podría leer como una crítica a la sociedad que hemos formado, humanos contra humanos, infatigables miasmas creadores de aflicciones de conciencias ajenas.

 El relato describe el reencuentro con la naturaleza como terapia para la  enfermedad, la alegría que produce la  vuelta a las raíces que le ayuda a sobrellevar  el día a día.

Es un canto a la naturaleza que emociona. Una reivindicación de lo natural, de cómo sentir y escuchar toda la belleza que nos rodea y que  tantas veces, por diversas circunstancias, nos pasa desapercibida; la armonía y la paz que nos provoca el contacto con la tierra.

El Autor:

JOSÉ AGUSTÍN BLANCO REDONDO, nació en Vitoria y actualmente reside en Valdepeñas (Ciudad Real) Es licenciado en Veterinaria por la Universidad Complutense De Madrid. 

Ha sido galardonado en más de ciento cincuenta certámenes de relato y microrrelato en varias comunidades autónomas. Entre ellos destacan los premios Villa de Ermua 2010, Camilo José Cela de Padrón 2016, Concurso Internacional de Cuentos de Guardo 2017, Justas Literarias de Enguera, 2014, Villa de Montefrío 2019 y el Antonio Rubio Rojas de Cáceres, 2018.

Ha resultado finalista en más de cuarenta certámenes literarios. 

Recibió con la novela corta «La nieve teñida de escarlata» el primer premio en el Primer Certamen de Novela Corta Ciudad de Leganés 2014.

La Biblioteca de Autores Manchegos seleccionó y publicó en mayo de 2017 y en la colección Ojo de pez (número 93) un conjunto de relatos de su autoría ambientados en el Campo de Montiel y titulado «La luna de la cosecha». 

EL RELATO

Un temprano batir de alas

   La calle Ancha vertebra las eras viejas de poniente con la parroquial de san Andrés, allí, por donde la alborada tiñe el cielo de amarillo y de magenta.  Comienza el mes de mayo  y los vencejos han vuelto a poblar los aleros de las casas en ruinas mientras, en la vega del arroyo, junto a las terreras de la fuente del pilar, los abejarucos incuban en el fondo de los nidos sus pequeños huevos blancos. En el huerto me esperan la azada y una tierra colmada de malas hierbas que debo convertir en cobijo de semillas de calabaza, y de pepino, y de habichuelas.

   El retorno al pueblo de mis padres fue una epifanía que trasminó mis ganas de vivir. Una vida nueva entre la memoria de los que aquí se afanaron durante siglos en mantener labranzas, ganados, comercios y tabernas. Y aunque ahora soy la única pobladora de este rimero de casas destejadas, edificios de empaque nobiliario arrasados por desidias e intemperies y calles acobardadas de barrancos, malvas y avena loca, creo que, cuando acabe esta condenada epidemia y comience al fin el estío, algunas familias acudirán al solar de sus ancestros para no perder vínculos, soledades ni recuerdos.

   Retorné en otoño a la casa donde nació mi padre. Recuperé así la alegría y arrinconé ese crónico penar que se ensañaba conmigo en el trabajo, en los parques, en ese minúsculo apart­­­amento del centro de la ciudad donde me confiné durante años.

   Miro la tierra del huerto. Miro el lento discurrir del arroyo. Miro la vieja noria que, en tiempos de sequía, desangraba esas arterias subterráneas que acarrean el agua más oculta para fertilizar tomateras, acelgas y espinacas. Y es como si esta tierra virgen, este cielo restregado de azules pálidos y el latir lento del arroyo se prodigaran en mi cuerpo hasta desterrar las aflicciones de mi conciencia. Aquí puedo respirar aires limpios, beber agua intacta, dormir unas cuantas horas seguidas y comer lo que solo la tierra y mis doce gallinas me proporcionan. Aquí he olvidado los rumores de la jaqueca, los sarpullidos en la piel, la quemazón del paladar y la garganta, el tacto reseco de la fatiga, las náuseas y los mareos. Aquí, rodeada del vuelo apresurado de los vencejos, de las malvas de las calles y de las ruinas silenciosas de unas casas que me observan con respeto, también, quizá, con esperanza, vuelvo a ser yo misma, una mujer libre de servidumbres, de aquellos miasmas invisibles – humos, plaguicidas y sustancias químicas de linajes diversos – que me torturaron, un día, y otro, y otro más, en el trabajo, en las avenidas, en ese minúsculo apartamento del centro de la ciudad.

   Y cerca del huerto, en las terreras del arroyo, las crías del abejaruco pronto ensayarán, como yo ensayo ahora, su más temprano batir de alas. Alas que sajarán el aire cálido de la tarde, que buscarán, impacientes, todos sus anhelos. Anhelos de luz, también de libertad.    

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Segundo premio

Antes de que suceda el día

Reseña del Jurado:

La protagonista, enferma de SQM y del coronavirus vive una situación personal de soledad,  de abandono, de falta de empatía: “No queda vida para todos en el hospital; ni hospitales para ti”. Muestra la pérdida que supone el tener que hacer un cambio drástico en la forma de vida y cómo echa en falta lo que antes no valoraba.

La vida retuerce las circunstancias y obliga a tomar nuevas precauciones, a construir una burbuja dentro de la burbuja que, a la par que protege, aísla. Se pone de manifiesto que si el dolor, las separaciones y el sufrimiento carecen de belleza alguna, se puede hablar con belleza de todos ellos, de la terrible calma de los seres indefensos que “convierten la tragedia cotidiana en agradecimiento por vivir”.

La complicidad crece cuando se comparte un mundo hostil y cada latido que se repite repica en el corazón de la persona amada. Una historia del amor que nos trasciende, que atraviesa barreras y nos prepara para lo peor  o para comenzar la lucha de un nuevo día.

El Autor

ANGEL MONTORO VALVERDE, toledano, desde hace veinticinco años ejerce la abogacía. No obstante, desde hace tres, alguna musa se quedó a su lado y «cuando estoy en el trance de contestar una demanda o interponer un recurso, me inspira sin pedir la venia una historia que paso irremediablemente a escribir, como si mi ordenador no tuviese teclas más que para ese relato

De vez en cuando esa caprichosa musa le ha traído algún que otro premio; casi siempre con relatos sobre personas luchadoras, con las que, por sus especiales circunstancias se siente identificado.
—Ganador del de la IX edición del Concurso de Microrrelatos de Abogados,
mes de febrero de 2017, organizado por el Consejo General de la Abogacía
Española, Relato: “RESTAURANTE EL FALLO”.
—Doble ganador del de la X edición del Concurso de Microrrelatos de
Abogados, mes de agosto de 2018, organizado por el Consejo General de la
Abogacía Española, Relato: “ESTIMADO YO”. Premio del jurado y relato más
votado por la comunidad.
—Relato más votado por la comunidad. X edición del Concurso de
Microrrelatos de Abogados, mes de abril de 2018, organizado por el Consejo
General de la Abogacía Española. Relato: “AL TRAN TRANS”.
—Finalista en el VI Concurso Internacional de Microrrelatos de terror
“MICROTERRORES” 2019, organizado por “Diversidad Literaria”. Relato:
“MATANZA”.
—Finalista en el I Concurso de Microrrelatos Camp de Túria 2019. Relato: “EN
TIEMPO REAL”.
—Finalista Concurso ENTCERRADOS. Organizado por ENTC. Mayo 2020.

EL RELATO

Antes de que nos suceda el día

No queda vida para todos en el hospital; ni hospitales para ti. Antes de eso, tampoco quedaban respiradores, ni mascarillas… y parece que deshojando la margarita de la suerte nos han salido todos los nomequiere. Sé que no me oyes, porque en este agónico duermevela en que vivimos, a lo mejor ni siquiera estoy hablando; y porque ya me habrías corregido diciendo que «los pétalos no se deshojan».

Hace tiempo que se fue esa chica rodeada de gente y de risas.  Se marchó con los perfumes y la gasolina, con la laca y el jabón de fregar, con los suavizantes y la lejía. Seguían viniendo a casa los amigos, guardando la distancia, hasta que un día se despidieron «hasta otra ocasión» que nunca llegó. Hicimos entonces de nuestra casa un refugio siempre y una prisión a veces, en la que hemos vivido tu burbuja y yo, aceptando que al amor que nos quedaba no estaban invitados ni los besos ni la piel. De todos modos, nada te reprocho, porque si he sido dichoso es porque tú me has hecho feliz. Ahora que no me oyes, me cuesta menos agradecerte la magia con que conviertes la tragedia cotidiana en agradecimiento por vivir. Has sido capaz de reírte y construir sintagmas con las fatales siglas de tu enfermedad cuando te digo que tienes buena cara —Sé Que Mientes—, o que por ti no pasa el tiempo —Soy Quinceañera Madurita—, o cuando te ponías romanticona —Sólo Quiero a Manolo—; y cuando ves por la tele a todo el mundo con mascarilla, dices, esbozando una sonrisa: «Me tienen envidia»

Siempre creímos que el enemigo despediría un fuerte olor, pero este  asesino, invisible, insípido, inodoro y silencioso que coloniza nuestros pulmones, ha traspasado las murallas dentro de un caballo de Troya, acaso con forma de carrito de la compra o de María la cuidadora. Y aquí estamos, dos viejos contagiados que intentando evitar el riesgo del grupo, nos hemos convertido en grupo de riesgo; confinados a la enésima potencia, en nuestro hogar reconvertido en sanatorio que, quizás, no nos pueda curar. Solos al cuadrado; y si esta noche se paran nuestros pechos, el cuco del salón, invariable, inmisericorde, marcará la fuga del tiempo. 

La noche cubre de cenizas las ascuas del atardecer. Por eso, en este instante sólo quiero disfrutar contigo de la noche perfecta, aunque las sirenas espanten a grillos y luciérnagas.  Desde mi cama alargaré mi brazo para llegar hasta la tuya. Y de la mano, hilvanando nuestros dedos, con un solo latido esperaremos un nuevo día, preparados para la lucha; o engañaremos a la muerte que nos quiere llevar separados.