Primer premio

Libre

Javi me contó que, cuando llegó, la casa estaba llena de polvo. Los listones de madera que cubrían las ventanas estaban medio caídos y algunos cristales rotos, y a través de ellos llegaba el sonido del mar y el olor del agua salada. Me gustaría haber estado allí, pero me conformo con que él me lo cuente. Cuando lo hace se le iluminan los ojos y sé que me hace sonreír aún más de lo que hubiera sonreído estando allí. Me contó que las cortinas hicieron que le lloraran los ojos cuando las tocó, y que la cocina entera olía a lejía. Qué hubiera sido de mí si hubiera estado allí. Entonces yo me reí, porque él también lo hizo. No tenía mucho sentido reírse de algo así, pero ya habíamos llorado bastante. Nos reímos juntos y él terminó de contarme cómo había sido aquel primer día en nuestro hogar. Retiraron todos los muebles y limpiaron la casa de arriba abajo con bicarbonato. Mi pobre Javi. Me dijo que aún tenía agujetas en los brazos de tanto fregar. Nos volvimos a reír. A mí me brillaban los ojos. Tenía muchísimas ganas de llegar a nuestra nueva casa. Lo acondicionaron todo para que nuestro refugio no se convirtiera en una trampa mortal para mí. Nada de lejía, detergentes, químicos ni ambientadores. Nada de fruta sulfatada en la cocina ni carne llena de conservantes en la nevera. Javi sabía bien como funcionaba todo aquello y convirtió aquella casa en un lugar seguro para mí.

Cuando entré yo, los cristales ya no estaba rotos, pero podía escuchar en la distancia el sonido del mar, y podía ver las olas rompiendo contra la arena desde la ventana. Lo miré a él con los ojos llorosos mientras me tocaba la mascarilla con una mano temblorosa. ¿Y si no podía quitármela? ¿Y si todo el esfuerzo había sido en vano? ¿Y si nada más apartarla de mi cara comenzaba a toser y me ardían los pulmones? ¿Y si por mucho que limpiaran no desaparecía nunca de aquella casa el olor a químicos, el rastro del veneno que no me permitía vivir? Javi lo hizo por mí, y que quitó lentamente la mascarilla y las gafas de buzo que comenzaban a empañarse con mis lágrimas. Me tapé la cara con las mano y él me abrazó. Lloraba yo, no mis ojos. Lloraba de alegría, no porque me ardiera el pecho o notara que me ahogaba. Lloraba porque al fin podía ser libre en mi propia casa.

No es que mis padres no estuvieran dispuestos a hacer sacrificios por mí. Ellos también cambiaron la comida que compraban por otra que no me hiciera tener que ir a urgencias. Ellos también accedieron a lavarlo todo con bicarbonato, también su ropa, para que pudiera darles un abrazo. Incluso mi madre accedió a dejar de utilizar perfume. Y a ella le encantan los perfumes. Pero era todo demasiado complicado. Tengo tres hermanos pequeños y no podía dejar que su vida se paralizada porque la mía fuera un infierno. Mi hermana tenía por aquel entonces trece años, y yo no quería que se viera obligada a decirles a sus amigos que no podían subir a casa porque su hermana podría ahogarse allí mismo, o que tuviera que lavarse las manos tres veces y tirar la ropa a lavar siempre que volvía de la calle. Era todo demasiado complejo.

Funcionó durante un par de meses, pero después la situación se volvió insostenible. Pese a todo los esfuerzos de mi familia, yo seguía encadenada a mi bombona de oxígeno y era incapaz de levantarme de la cama. Y, aunque lo hubiera hecho, ¿Qué me habría quedado? ¿Dar vueltas como un alma en pena por mi habitación, sin atreverme a salir al pasillo por si hasta él había llegado el olor de la calle? ¿Mirar por la ventana el sol que ya no rozaba mi piel? Era una prisionera en mi propia casa. Era una esclava de mi enfermedad. Muchos días era incapaz de levantarme. Me fallaban el cuerpo y el ánimo. Todos mis miembros parecían de trapo y mis pulmones eran dos bolsas de oxígeno exhaustas incapaces de propulsarlos. No podía. No quería. ¿Qué me quedaría al levantarme de la cama?

Javi venía a verme siempre que podía. Cuando estaba él, conseguía distraerme un poco, y las comisuras de mis labios se levantaban con esfuerzo hasta formar una sonrisa. Otros días lloraba en su hombro, o muy lejos de él, porque pese a que había desinfectado su ropa, se había lavado todo el cuerpo con bicarbonato y había dejado de utilizar productos químicos días antes de venir a verme, su piel aún desprendía el aroma de la muerte, y volvía a postrarme en la cama con los ojos hinchados y llorosos, el pecho en llamas y la piel llena de llagas.

Muchos días no tenía ganas de hacer nada. Aunque hubiera tenido fuerzas para levantarme de la cama no lo habría hecho. No tenía un motivo, no tenía un porqué. Otros días recordaba que yo antes tenía una vida, que yo antes leía libros que me transportaban a otros mundos y que podrían hacerme olvidar el encierro al que me sometía mi cuerpo. Recordaba que yo antes bailaba, corría, pintaba. Hasta que el olor y el tacto de la pintura acrílica me dejó temblando en el suelo incapaz de respirar y con la piel despellejada y ardiendo. Aquellos días eran incluso peores, pues recordaba que yo estaba viva, que no había muerto aún, y sin embargo estaba encerrada en aquella carcasa defectuosa que no me dejaba hacer ninguna de aquellas cosas. ¿Era aquello acaso vivir? ¿Merecía la pena?

No hablé con nadie de las ganas que tenía de que todo aquello terminara, de quitarme la vida y dejar de sufrir, de ir a un sitio mejor en el que nada me detuviera, en el que aquel cuerpo no fuera un lastre. Tampoco encontré las fuerzas ni los medios para hacerlo. En mi habitación todo se había reducido a una cama, una bombona de oxígeno, toallas limpias y mucho bicarbonato. Nada más. No hablé de aquello con nadie, pero Javi pudo leerlo en mis ojos y en los suyos se dibujaron lágrimas. Yo lo miré y lloramos en silencio y separados por aquella maldita enfermedad, porque tampoco podíamos arriesgarnos a darnos un abrazo. Entonces me dijo que él haría algo. Que él cambiaría las cosas y me daría una vida de verdad, y se fue con determinación y llanto en la mirada.

Cuando dos meses después me pidió que me casara con él y yo le miré con los ojos más abiertos que nunca, me dijo que ya había comprado una casa en la playa y que si decía que no, se iba a quedar con una casa muy grande para él solo.

Aquel fue el peor y el mejor año de mi vida. Javi había comprado un viejo palacete en la costa. El pueblo más cercano estaba a un kilómetro pero por aquel camino en el que se alzaba el caserón no pasaba nunca nadie que pudiera contaminar la atmósfera. A un cuarto de hora caminando había una cala remota que poca gente visitaba y en la que soplaba constantemente el viento.

-¿Ves, Julia? –Me dijo aquel día mientras me enseñaba las fotos de la casa y yo seguía con la boca abierta y el corazón latiendo más deprisa que nunca. –Estas playas no están contaminadas. Siempre sopla el viento. Podrás salir a la calle y dejar de utilizar el oxígeno para andar por casa. Estaremos solos tú, yo, y el bicarbonato para limpiarlo todo. Serás libre. Seremos libres.

Al fin rompí a llorar y le di un beso en la boca, lo que hizo que me diera un ataque de tos, ya que él seguía comiendo alimentos llenos de químicos. Siempre digo, aún hoy, que aquel beso mereció la pena.

Javi me mandaba fotos constantemente; desde la tienda de muebles, la de alfombras y la de cortinas, y juntos elegimos cómo sería nuestro hogar. La boda fue sencilla, corta y discreta. Las familias de los dos, el cura y nosotros. Él sonreía y yo hacía lo mismo bajo la mascarilla. Qué ganas tenía de abandonarla en un cajón.

Los primeros meses en nuestra casa no fueron fáciles. Yo seguía débil. Aún me cansaba con facilidad y algunos días ni siquiera tenía fuerzas para incorporarme en el sofá-al menos ya no estaba relegada a mi cama-y mirar el mar, pero Javi lo hacía por mí. No dejaba que me olvidara de él. El mar representaba la esperanza para los dos, y yo lo sabía.

-No podemos perderlo de vista. ¿Lo escuchas o abro la ventana? Ahora sopla el viento, no te hará daño.

Conforme pasaban los días, notaba que el cansancio iba remitiendo. Un día podía comer sentada en la mesa que habíamos comprado, otro me sentía con fuerzas de sentarme a leer en un sillón, otro le ayudaba a hacer la colada. Incluso comencé a pintar lo que veía desde la ventana con los lápices de colores que me regaló. Sin químicos ni aglutinantes sintéticos. Nada que pudiera hacerme daño.

Cuando comenzamos a dar paseos alrededor de la casa, y el olor y el sonido del mar se volvieron más intensos, y las olas parecían comenzar a llamarme desde la playa, empecé a mejorar más deprisa. Ahora podía ayudar a Javi a cocinar los alimentos ecológicos y sin sulfatos que él hasta entonces no había conocido. Incluso nos atrevimos a experimentar y crear nuestras propias recetas. Comencé a ayudarle con las cosas de la casa y él pudo reincorporarse de nuevo a su trabajo, que ahora hacía desde allí.

Una noche de verano, cuando los dos estábamos sentados en el jardín, mirando las estrellas, fui consciente de que su mano acariciaba la mía y de que hasta mí llegaba el olor de su pelo, algo que hasta hacía poco tiempo habría hecho que me doliera la cabeza hasta amenazar con estallar. Miré hacia arriba y vi el espacio infinito, las estrellas; y me sentí libre. Fue una auténtica locura. Quise bajar a la playa por primera vez y bañarme a la luz de la luna. Ahora era libre, me sentía poderosa y sabía que era fuerte. Quería hacer algo por primera vez en mucho tiempo. Y también por primera vez en mucho tiempo podía hacerlo. Era dueña de mí misma. Era dueña de mi vida y de mi pequeño mundo, aunque este se redujera a nuestra casa y nuestra playa. El agua estaba fría y las olas rompían contra mis rodillas, juguetonas. Ellas también me daban la bienvenida. Javi se unió a mí y los dos nos sumergimos en el agua fresca y salada. Reímos. Lloramos. Miramos de nuevo las estrellas, esta vez sobre la arena seca, y los dos nos sentimos libres por primera vez en mucho tiempo. Aquella guerra no había terminado, pero habíamos ganado ya muchas batallas.