Relatos premiados. 2º Premio (Compartido)

 

 

 

 

El secreto.

  • ¿Y eso cómo puede ser?
  • No lo sé, Pili.

Estábamos jugando en el parque cuando empezó a lloviznar y nos sentamos debajo del árbol gigante. Lola estaba callada y no era normal en ella. Yo no dije nada. Hasta que mi mejor amiga me contó algo increíble. Bueno, yo no podía creerlo al principio. Ahora lo sé todo. Éste es el mayor secreto de mi vida y eso que tengo 9 años y aunque no lo parezca, ya he vivido muchas cosas, de las increíbles también. Como cuando no tengo ganas de ir al cole y me da fiebre,  ese superpoder lo descubrí solo con 5 años. He tocado el polvo estelar de las hadas, es brillante y aparece en las casas derruidas, son sus preferidas porque hay mucho verde y nadie les presta atención ni las molesta, cuando lo encuentro y lo toco, puedo pedir un deseo y se me cumple. O cuando apareció Libertad en mi vida, mi hermana gata, y mamá, que no había querido nunca jamás animales en casa,  me dejó quedármela. Libertad fue enviada por las hadas directamente, puede verlas y hablar con ellas. Sí, he vivido muchas cosas increíbles. Por si alguien aún lo duda, la prueba de que las hadas existen es que cuando te despiertas y está toda la cama alborotada, ellas te han estado haciendo cosquillas de noche. A mí me pasa mucho. Las hadas pueden sonreír mientras se les cae una lágrima, estar tristes y contentas a la vez, sobre todo cuando tienen una verdad que contar.  Las verdades las ponen infelices y felices al mismo tiempo, por eso si nos la susurran nos sentimos raros, por eso hay que tener cuidado con las verdades.  Cuando pienso mucho en mi abuela, ella viene a visitarme en mis sueños y me cuenta historias desde el cielo. Solo tengo un problema que se resiste a las hadas, a la abuela que viaja desde más allá de las nubes y a mi superpoder oculto: el brócoli. Eso es una verdad enorme y me pone rabiosa, furiosa, monstruosa.  Lo detesto y mamá siempre se enfada mucho si no me lo como porque se supone que es buenísimo. La verdad es que es asquerosísimo y no me hace ninguna gracia. A Libertad tampoco le gusta. Si no como brócoli no creceré. Y de momento soy la tercera más alta de mi clase. Dice mamá que es gracias al brócoli. Ni el polvo de las hadas puede con él. Tengo muchos secretos más, pero el de mi amiga Lola es el más grande de todo el universo. Le he prometido no contarlo a nadie y las promesas que se cuentan debajo de un árbol se quedan enganchadas a sus hojas, no se olvidan nunca, especialmente en los días de viento, cuando se agitan y te recuerdan tu promesa y tu silencio. Además, las promesas no se rompen, las hadas lo saben. Solo se lo puedo contar a Libertad, obvio. Además ella ya lo sabe. Por las hadas, obvio.

  • ¿Y cómo lo vamos a hacer, Lola?
  • No lo sé.
  • Pero hay que hacerlo.
  • Lo sé, lo sé, Pili.

Lola estaba preocupada porque no se le ocurría nada. A mí tampoco. Y eso que lo había hablado con Libertad, con las hadas, con mi abuela. Nada. A veces no es cuestión de superpoderes sino de voluntad o de suerte. Y sobre todo de inteligencia. Necesitábamos un plan. Quizás tenía que comer más brócoli. Lo haría. Y esa semana empecé a pedirle a mamá una ración diaria. Porque mamá siempre dice que cuando quieres algo importante tienes que pagar el precio. No, no es dinero, el precio es algo así como esfuerzo y voluntad juntos para comerse el brócoli, determinación lo llaman, por una causa elevada, lo cual significa que es muy grande. Y la nuestra lo es. Todo tiene relación con lo increíble. Si ahora no lo cuento aquí en secreto, no se va a entender nada. Lo que pasa es que las causas elevadas, bueno,  si no se explican bien se quedan allí arriba, elevadas y solas, hay que darles raíces para que puedan crecer muy alto, como los árboles gigantes.  Eso lo sé porque leo mucho y las frases que me gustan las subrayo en violeta con mi rotulador especial. No me gustan los subrayados en rojo, es lo que siempre usan las seños cuando no entienden que ves las cosas diferente. Y por eso tengo que comer el brócoli, para crecer como los árboles y no como una causa elevada. Eso lo dice mamá, no sale en los libros porque a nadie le gusta el brócoli.

Lola y yo tenemos que proteger un secreto. La mamá de Lola es hija de las sirenas. Ya está, ya lo he contado. Pero bajito. Es un secreto. Como todo el mundo sabe, las sirenas son las hadas del mar. Eso quiere decir que Lola es también sirena. Aunque no estamos seguras porque el papá de Lola no es sireno. Pero bueno, mi mejor amiga es un hada seguro, no sabemos si del mar o del aire porque el papá de Lola es piloto de aviones. La madre de Lola solo se siente bien cuando está cerca del mar. Pero, obvio, no puede ir cuando hay otras personas, como las sirenas. Ahora mismo no soporta mucho estar en la tierra, lo lleva mal. Es como yo con el brócoli, pero mucho peor y al ser sirena no puede pagar ningún precio porque su causa elevada es volver al mar profundo y porque allí están sus raíces. Lola lo descubrió sola. Su mamá no puede estar con otra gente de la tierra, no porque le caigan mal, qué va, sino porque tienen olores que no son del mar. Si por ejemplo te pones un perfume, se desmaya. Normal, no hay perfumes con olor a coral o algas. Y si llevas un móvil, le dan cortocircuitos porque las ondas terrestres son como latigazos, no son suaves como las de los océanos que con las olas te hacen caricias. Al principio la mamá fue a muchos doctores porque no se acordaba que era sirena y no entendía lo que le pasaba, pero ninguno supo ayudarla. Ahora espera un diagnóstico, que es lo que te dice qué te pasa en la tierra y es diferente de agnóstico que te dice lo que te pasa con el cielo. Aún no he encontrado la palabra para lo que te pasa con el mar… ¿Oceanóstico? Fue Lola quien descubrió el secreto. Y no se atrevía a preguntarle a su mamá hasta que un día a orillas del mar…

  • Mami, ¿eres una sirena?

Su madre no le dijo nada, le sonrió mientras se le caía una lágrima. Y eso fue la prueba definitiva, exactamente como las hadas cuando te cuentan una verdad que es alegre y triste a la vez. A partir de entonces lo entendió todo. Cuando su mamá le canta, ella se duerme en seguida y si no,  le cuesta muchísimo. Las sirenas son hipnóticas. A veces su mamá se pasa los días durmiendo porque sueña con el mar, como cuando yo me quedo dormida soñando con mi abuela. En la tierra siempre está cansada y no puede jugar, pero en el mar se mueve como si nada. Las sirenas salen del mar solo bajo la luz de las estrellas. La luz del sol le hace daño. Toma muchos baños con sal cuando no puede ir al mar. Le encanta comer algas. A Lola le pasa con las algas lo mismo que a mí con el brócoli y por eso sospechamos que es un hada del aire, eso también es un diagnóstico. A su mamá la comida del supermercado le da dolor de barriga. Todas las cosas que le hacen daño a los peces, la ponen fatal. Y en el cole nos han enseñado lo malos que son los plásticos, las lejías. Eso son los vertidos químicos, lo peor de lo peor. Estamos haciendo un plan para salvar el mar. Todo tiene sentido.  Ahora lo que tenemos que hacer es que su mamá se pueda comunicar con sus hermanas las sirenas. Es la única solución para que no esté tan triste. Los amigos terrestres ya no la visitan porque todo es muy complicado, eso dicen. La mamá de Lola ya apenas ríe. Ni sonríe con las verdades. Lo hemos pensado detenidamente, sin movernos. También hemos estudiado, hemos consultado libros, muchos. Llevamos casi un mes preparándonos. Lo sabemos todo sobre las sirenas. Lo más complicado es comunicarse con ellas. Lola no puede, no sabe. Yo, menos todavía. La única que se comunica con las hadas es Libertad.

Ha llegado una carta con un diagnóstico y desde entonces la mamá de Lola no sale de casa, se ha aislado en una habitación, no se separa de aquel papel, como si fuera una sentencia. Tiene las ventanas cerradas y es agosto. Es una princesa en una torre. Ya no podemos esperar más. Aprovechamos la noche de la lluvia de estrellas, seguro que alguna sirena aparece porque el cielo nos sonríe y llora en la noche de San Lorenzo. Todo el mundo está de fiesta, los niños podemos quedarnos jugando hasta tarde sin que nos riñan. Aprovecharemos la madrugada. Antes, dormiremos una siesta larga.

Lola y yo ponemos a Libertad en un trasportín aunque no le gusta nada, como si fuera de brócoli, y nos vamos a la playa en bici, a una pequeña y vacía entre rocas, no está lejos. Libertad se asusta con el agua, me araña y se escapa. Corremos detrás de ella y la vemos saltar entre estrellas. Yo la llamo, pero no me contesta. Grito su nombre, mi corazón quiere escaparse, no quiero que sea el precio de una causa elevada. Entonces Lola se pone a cantar la canción preferida de su madre. Y aparece una sirena. ¿Y eso cómo puede ser? No lo sé. Solo sé que es lo más increíble que me ha pasado en mi vida,  después del secreto. Le grito a Lola que no pare, que no pare de cantar. La sirena nos llama hacia el mar. Las olas crecen como los árboles.  Libertad regresa. La sirena entona una música hipnótica. Las tres flotamos entre nubes violetas y destellos de plata. Su mamá está allí, sonríe. La abuela también se viene desde las estrellas. Las cinco bailamos sobre la espuma del mar y las olas que nos hacen cosquillas. Reímos, reímos sin parar, reímos sin fin. Sobre la arena se ha quedado la carta batiéndose como un albatros herido entre frases negras, allí está el diagnóstico que notifica que la mamá de Lola sufre de Síndrome de Sensibilidad Química y Electrosensibilidad. Qué sabrán ellos de hadas y de sirenas.

 

Finisher pero beginner

 

La excitación me desarbola. Me he acabado situando hacia el final de las cintas que delimitan el espacio destinado a los corredores, donde la media de estiramientos por músculo cuadrado debe ser notablemente menor que en las posiciones delanteras de la avenida donde está instalada la salida.

Va a ser la inminente, mi primera media maratón. Yo quisiera que no fuera la última pero el destino suele erigirse como ese juez aleatorio que dicta sentencias con los ojos vendados.

Estoy solo.

He desestimado cualquier compañía pese a que no me faltaron ni ofertas de lazarillos ni insistencia para que aceptara alguno. Mis padres y mis hermanas ya deben de estar apostados en el lugar convenido para que mi madre grite agudamente mi nombre a mi paso sin rubor alguno.

Restan apenas tres minutos para la salida y mi alrededor comienza a apretujarse de novatos, de jubilados y de algunas tipologías que más pasarían por hipertensos, por camioneros, incluso por picadores algunos, que por corredores de fondo. Tampoco yo soy una escultura de Volterra, aunque en mi descargo debo exponer que he perdido dieciséis kilos en  cinco meses y dos días, hito cronológico en el que me inicié con el doble objetivo de correr y adelgazar, quizá no fuera ese el orden. Todavía mis 172 centímetros soportan 91 kilos pero ya no provoco un socavón en cada zancada.

Un minuto para las nueve. Algunos se santiguan, otros se palmean los muslos, otros se proyectan en vertical sobre su posición, alguno medio grita; yo, como la mayoría de los físicos, no creo en dios y por lo tanto adopto rituales terrenales, innecesarios, del estilo de inspirar y espirar con la finalidad de… ninguna finalidad, solo sobrellevar la quietud solitaria de la impaciencia. Pese a que se trata de mi ciudad, no conozco ni reconozco a ninguno de los que me rodean. No me sorprende dado mi poco arraigo social tras más de ocho años consumiendo universidades y metrópolis de Europa y de EE. UU.

No he hablado con nadie. No quisiera pasar por más novicio de lo que ya me percibo porque puede que la adrenalina me acentúe este tartamudeo incipiente que germinó desde lo imprevisto hace aproximadamente un mes. Otras tres, quizá cuatro semanas antes, unos episodios de tos y de afonía, junto con una astenia súbita y unas cefaleas que iban y venían y la aparición de palpitaciones y de un meteorismo incontrolable me anticiparon lo que después resultaría no ser esa primera ansiedad que yo me autodiagnostiqué y que comenzó a afectar parcialmente a la motricidad de mis brazos. La de las piernas, curiosamente, apenas si ha sufrido desperfectos, quizá solo una leve pesadez. Por eso estoy aquí.

El disparo que autoriza la salida me sorprende inspirando. La avenida es un infinito de cabezas (casi cuatro mil, según los organizadores) que va adquiriendo un movimiento de onda directamente proporcional a la cercanía de cada una respecto a la línea de salida. Todavía no consigo moverme de mi posición.

Ya. La onda de activación del movimiento humano llega hasta mis coordenadas y el asfalto se espacia por igual ante mi entusiasmo que ante mis recelos. Corro. Troto más bien, porque a lo que yo aludo como correr, quienes ya deben haber cubierto casi el primer kilómetro a juzgar por los tres minutos transcurridos desde el disparo, lo ridiculizarían como trote, como trotecillo incluso. Espero no tropezar con ninguna zapatilla de mi entorno. No me importa tanto el ridículo como mi integridad. Contradiciendo a lo ordinario, hoy no acuso otro síntoma que un leve entumecimiento de manos. Sobre el meteorismo, que persiste, he conseguido entrenar una sordina que lo vuelve inaudible.

Están ahí, donde cabía esperar. Mis dos hermanas y mi padre. Y ahora que me fijo, también mi madre, unos metros más apartada. No he mirado el reloj. Contrariamente a lo previsto, me siento como evanescente pese a que debo viajar, por sensaciones, a la innoble velocidad de seis minutos por kilómetro.

Comencé a correr a raíz de una reyerta que mantuve con mi espejo. Un día sentí su provocación, mis carnes desparramadas en torno a donde un día se insinuaron pectorales, con una muchedumbre de adipocitos colonizando miserablemente lo que en mi adolescencia fue cintura, incluso breve. Después de escupirle al espejo, me cité con un nutricionista, me compré unas zapatillas con doble cámara de aire y comencé a imponerme una disciplina de ejercicio que los primeros días solo me permitió caminar a ritmo rápido. Cuando un par de semanas más tarde me vi con ánimo de trotar, no pude, no supe datar la última vez que había traspasado los umbrales del paso, y no pude tampoco impedir que un vidriado inesperado de ojos sellara mi reconciliación con las buenas prácticas.

El paso del tercer kilómetro reafirma la constancia de mi ritmo: 18 min 24 s. Quizá un poco más premioso de lo previsto, pero no me conturba. Estoy cómodo con mi zancada, con las pulsaciones controladas, alguna palpitación ya familiar pero sin ningún episodio de inestabilidad, ni toses, ni lagrimeo, ni visión borrosa.

Sigo transitando en soledad. Evito cualquier conversación que delate que no soy un individuo en plenitud y me desencadene la certeza de que las estadísticas, especialmente las que fijan la fatalidad, constituyen mi dios más perturbador.

Intento solo sentir mi propio yo, no atender a ninguna otra circunstancia que no provenga de mi inmersión en el asfalto, percibir la cadencia acomodada de mi flujo respiratorio, intentar entender la nueva disposición de la materia cuántica de mi actual condición de runner de mercadillo. Procuro que no se inmiscuya la mandrágora de la inquietud que desestabilizó mi presupuesto de vida hace poco más de un mes. Me he impuesto el presente como el único tiempo asumible y no voy a contaminarlo con las amenazas del futuro.

Una capa bendita (como español sigo teniendo reminiscencias religiosas) de nubes que juzgo bajas, impide que el Sol haga incidir sus fotones con la inclemencia embrionaria de los días despejados de mayo. A primeros de septiembre tengo previsto presentar mi tesis doctoral, precisamente sobre las Eyecciones de Masa Coronal y sus efectos en la baja troposfera. Me he especializado en Heliología y en cuanto la cante me afincaré, con una beca sustanciosa, en el California Institute of Technology, nada menos que el popularmente conocido como Caltech. Más delgado, en mejor forma, con un futuro académico prometedor: la vida me sonríe. O lo hacía.

Sexto kilómetro. 36 min 54 s. Las piernas me comunican que están dotadas de sus propios sensores del dolor y aunque todavía es muy tenue, irá a más. Discurro por una zona del extrarradio despoblada de aplausos.

Comenzó a manifestarse hará esas ocho, nueve semanas a las que aludo. Al principio achaqué esa primera inestabilidad incipiente, esa tos, esa afonía intrigante, esas cefaleas improvisadas, esa irritabilidad e incluso calambres en las yemas de mis manos, a la intensidad de mi concentración para salvar el escollo más aristado de mi tesis doctoral, a una manifestación singular de la ansiedad, pero cuando mi madre advirtió que los síntomas proliferaban se inquietó y yo con ella. Inquietud que se incrementó cuando perdí la consciencia un par de veces, cierto es que durante escasos segundos, y aún más cuando mis manos adquirieron, durante algunos accesos, la torpeza suficiente como para impedirme levantar algunos objetos no demasiado pesados en los picos de máxima intensidad. Ya no bastaba para contener mis desafueros supuestamente emocionales una combinación de Diazepán, Tranxilium y Cymbalta, todo prescrito por un hermano de mi madre que es jefe del servicio de psiquiatría en el hospital de referencia de mi ciudad. Aquello, por lo manifiesto, no podría ser ya atribuible a la carga de dedicación a una tesis que ocupaba doce horas de cada uno de mis días, con tan solo el domingo como único día de desconexión académica con el Sol. No, aquello no iba a ser solo un apretón de la ansiedad.

En el kilómetro once, fieles como un equinoccio, mi núcleo familiar, el único que está al corriente de mí, me recibe con una lluvia de pétalos de rosa en sus laringes. Bien, bien, voy bien, pronuncio sin otra dificultad que la que impone la alteración de mi resuello. Advierto que mi madre hubiera querido alancearme a preguntas, pero mi ritmo se mantiene constante en torno a esos 6 min 10 s y no me detengo para satisfacer su avidez matriarcal.

Solo restan diez y las circunstancias de carrera no se han alterado. Nadie detectable por delante, nadie detectable por detrás. Mis piernas me contrarían, han adquirido una rigidez súbita que solo debo achacar y achaco a la acumulación de las zancadas, que aunque cortas, zancadas siguen siendo. Dos kilómetros atrás me pareció percibir una flojera trémula de brazos, habitual en mí hace esos casi dos meses, que sin embargo ahora suele presentarse domesticada y atenuada con la nueva medicación, experimental en mi enfermedad. La activación de mis alarmas solo ha durado un par de minutos, hasta que la flojera ha desaparecido tan súbitamente como advino.

Llegado al quince me detengo también quince segundos para ingerir el contenido de un botellín de agua. El sudor es una constante en mi indumentaria. El tiempo se está volviendo en mi contra y los tres últimos kilómetros los he cubierto a 6 min 25 s de media. Ha regresado la pasividad de brazos y un rosario de calambres en los dedos de mi mano derecha, solo que ahora ambos síntomas se han establecido conmigo de manera perenne y debo sobrellevarlos sin denotar que están. De piernas sigo dolorido pero consistente.

Tras el diagnóstico definitivo, firme tras más de un mes de pruebas y especulaciones medicas, elevado a cierto hace tan solo doce días atrás, el primer neurofisiólogo de mi historial desaconsejó mi participación en la carrera alegando que podría sufrir alguna crisis más severa durante el transcurso debido al sometimiento del organismo a unos límites de actividad desconocidos para él, pero como no había jurisprudencia médica, la decisión era solo mía.

Y burla burlando, ya me hallo en el diecisiete. Maltrecho de extremidades, con los ojos hundidos según me ha devuelto una luna espejeante de escaparate y con el firme propósito de convertirme en excepción clínica y hacer que la actual no constituya la última carrera de mi exigua trayectoria deportiva.

Último achuchón verbal de mi familia pese a que mi hermana mayor no ha sabido disfrazar el sufrimiento de su rostro al constatar el del mío. Una plaga de roedores mitocondriales me acuchilla los cuádriceps. El temblequeo de brazos, sin llegar a desaparecer, se ha atenuado. Me consuela el que no deberé levantar otro trofeo que el de mi propio orgullo y es ingrávido. Las dos horas de carrera me dan trescientos metros antes del 19.  Con quince minutos más de viacrucis, habré completado el atrevimiento. No quiero pensar en mañana, en las agujetas, en la próxima semana, en mis planes vitales truncados en un primer despliegue del calendario de la dolencia. No obstante, estoy a punto de contradecir el pronóstico que emitió el segundo de mis neurofisiólogos al confesarle mi deseo irrenunciable de participar y concluir esta carrera que me muestra ya el cartel del kilómetro veinte.

–No la terminarás. Con tu enfermedad, aunque incipiente todavía, resulta poco probable.

A los veintisiete años de mi itinerario vital sufro Sensibilidad Química Múltiple, conocida entre los nuestros por el acrónimo SQM, un síndrome crónico de etiología desconocida que necesita más de la experiencia personal del ensayo/error para evitar aquellos agentes causantes, que de una medicación que todavía está en una fase tan embrionaria como temida, por los potenciales efectos secundarios. En ello estoy, comprobando si prescindiendo de la soja, la lactosa, el gluten (el nuevo diablo de la nutrición), la caseína y eliminando cualquier perfume de mi epidermis, puedo reconstruir mis parámetros de vida sin que esta se vuelva dependiente, ni de fármacos ni de personas, sobre todo de estas últimas. Anotando lo que como, lo que aspiro, lo que toco y sus reacciones.

Síííííí, padezco SQM, siento ganas de vociferar a mi llegada, deteniendo el crono en 2h 14 min 54 s, sin dejarme caer, manteniéndome erguido con las últimas reservas de precariedad física.

Me retiran el chip de la zapatilla, me donan una lata de Coca-Cola y cuando intento agradecer el gesto al voluntario, en lugar de “gracias” me surge un arameo arcaico que promueve la sonrisa del destinatario.

–En cinco minutos estarás recuperado –me intenta confortar.

Y callo que lo mío no es recuperable en cinco minutos. Y callo también que aunque sufro de SQM, no estoy muerto, ni siquiera encarcelado en mi propio cuerpo. Y omito que aunque la enfermedad supone una putada vital, máxime habiendo debutado a mi edad, no me arredra el futuro. Pienso obtener un cum laude y volar a Pasadena en septiembre para desentrañar los mecanismos del Sol. Quizá sea la euforia trufada con un cansancio inespecífico, sin ecuaciones tipificadas para resolverlo, la que me concede este estado de optimismo que desearía eterno. Pero sé, por mi condición de físico, de científico, que me sobrevendrá lo implacable de la mano de lo empírico. Pero también sé, deshidratado y laxo como me hallo, que lo combatiré desde todas mis aspilleras, con los obuses cargados con la más intransferible de las resoluciones.

De entre un océano de camisetas verdiblancas (incluidas en la bolsa regalo) aparece mi madre acompañada de su desparpajo y como si estuviéramos en el salón, sin preocuparse por imponerse discreción en el encontronazo, me abraza y solloza, solloza y me abraza. Y yo le correspondo con los ojos algo más que hundidos por el cansancio.

En el argot, ahora mismo soy un finnisher, qué sarcasmo. Sin embargo, yo me identifico más como beginner: estoy empezando a convivir con esta revolución que ha supuesto la enfermedad. Soy físico, metódico, hooligan de un método científico que me voy a inocular hasta en el parpadeo. Estoy cansado, pero solo es por la distancia.